miércoles, 13 de abril de 2011

Sacar Chispas o Emmanuel

Circa 2005.

Me gustaban sus labios, en general, es uno de los atributos principales en los que me fijo. También era alto, muy alto.
Yo tenía 16 años, revoloteaba de ingenuo y mi mundo de fantasía era alimentado por el cine de terror y Buffy The Vampire Slayer, o los diez más pedidos en MTV. Él (Emmanuel) llegó un ordinario día de escuela, mientras yo esperaba a alguna de mis pintorescas amigas en la esquina del barandal de concreto del primer piso; tomó el dije de plástico que yo traía en el cuello (Baratija que obtuve de los comics W.I.T.C.H) y basto una simple frase para que me entrara hasta por las membranas celulares más tímidas, "Yo también tengo este".
Los siguientes días buscaba un estratagema para dirigirle la palabra, también buscaba su mirada desde mi salón. Algunas veces quería toparmelo por la divina gracia del azar, pero no sucedía, sus ojos grandes, negros como ciruelas, escapaban de mi. Todas mis amigas se quejaban "¿Qué carajos le ves?" "¿Ya viste su cabello?" "¿Ya viste su peinado?", la justa comprensión sólo la obtuve de mi maestra de historia, Libier, quien se convertiría en una celestina inolvidable.
Era 14 de Febrero y la absurda pero efectiva dinámica del "amigo secreto", se presentaba como la oportunidad perfecta para comunicarle mis sentimientos, y es que a esa edad, la sutileza era masacrada por el impulso y el anhelo de terminar a su lado. Compré hojas de color azul cielo y escribí posiblemente la declaración más cursi en todo mi historial romántico. Estimando las palabras, creo que le dije lo mucho que me gustaba, lo mucho que quería mirarlo directo a los ojos, también recuerdo que adorné los espacios libres con coros de las canciones que me hacían pensar en el (De Natalie Imbruglia, Björk y posiblemente M2M). Inicié un pequeño juego, como esta primera carta, escribiría más, todas, firmadas como anónimo, también las enviaría por medio de Libier y para cuando captara, por fín, mis miradas, se acercaría a hablarme... pero esto no sucedió. Paso siguiente, le mande una nota, marcando una fecha y lugar para el necesario encuentro, cuando le contaba a Libier todo esto, me aseguraba que saldrían chispas de nuestros besos, pues ambos utilizábamos brackets.
Nos vimos en la papelería de la escuela, que se encontraba a lado de las escaleras principales, era perfecto porque platicamos, uno al lado del otro, sin nadie que molestara. Platicamos de música, y de datos básicos, el era un piscis, yo un acuario, al final todo se convitrió en una gran e incómoda bola de nieve de la que quería escapar. ¿Acaso era un fraude la idea que me habían vendido mis fantasías? ¿Era la verdadera importancia de la química lo que estaba descubriendo? ¿Y las chispas?
Vaya sorpresa la que me llevé cuando descubrí, tiempo después, que ahora él me miraba desde su salón, pero en el fondo sabía que sus escasos 15 años no le permitirían ir más allá, conocerme más allá de la insipida plática que sostuvimos, pero a mi, me darían tiempo de crecer y mejorar los estratagemas que aplicaría en un futuro romántico cercano.

2 comentarios:

  1. Me encantó. Es una buena anécdota sobre idealización. Lo curioso de esto es que, aún cuando terminamos desilusionados por crear expectativas generalmente erroneas, no paramos de hacerlo. No sé si esto sea un defecto o una virtud, pero estoy seguro que el resultado de ésto es muchas más ocasiones tristeza y no felicidad.

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  2. Pero que bonito relato... Me vino a la mente tu imagen, así te conocí siendo un chicuelo jeje, ah como me acuerdo de tu dije!!!! Oye no sabia que Libier fue tu cómplice :o una excelente persona sin duda, te quiero! Y como siempre un gran escritor!

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